Mauricio vive en una cueva con olor a mármol sin haber mármol dentro de ella. Mauricio siempre ha vivido allí, desde que recuerda, su casa ha sido ésa. Mauricio tiene un carro con cuatro ruedas con el que recoge chatarra que luego vende. Mauricio va todos los días al lago a bañarse. Allí lo espera Desi, la joven de dieciocho años de mirada torrefacta y orgasmo de semicorchea. Mauricio la fornica siempre cerca de la orilla al compás del sonido del pájaro carpintero y el silbido de la resina que suelta la hierba. Desi es la hija del alcalde del pueblo, una niña mimada a la que gusta el analfabetismo bruto de Mauricio.
Ella le coge el miembro caleidoscópico y lo endurece con su saliva de natilla. Mauricio se deja hacer con su ignorancia de gruta y su idioma dialectal. Nunca hablan ni gimen, son silenciosos como los testigos de las bodas. A Desi le gusta que Mauricio la masturbe con las zarzas en forma de racimo que Mauricio ha preparado previamente. Su clítoris sangra en chorro de cascada que luego Mauricio bebe con júbilo y ansia. Hay veces que la hemorragia hace que Mauricio se atragante y escupa borbotones de sangre tibia sobre el agua estancada del lago.
Cuando llega la hora de penetrarla Mauricio la tumba al sol, y ahí sobre la tierra baldía color ceniza Mauricio empieza a deshonrar a la joven con su falo de hombre de las cavernas y su aliento de alcaparra. Desi tiene un tirabuzón en el pelo donde a Mauricio le gusta enredar sus dedos mientras joden. Es un tirabuzón largo, que le llega al pecho, un tirabuzón de niña bien que a Mauricio lo pone cachondo por su cursilería.
La cosa es rápida, no les gusta prolongarlo mucho, les cansa tanto ajetreo. Después se meten desnudos en el lago y nadan despacio, estirando los músculos agarrotados por la guarrada.
jueves, 19 de marzo de 2009
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