jueves, 19 de marzo de 2009

Cuento

Mauricio vive en una cueva con olor a mármol sin haber mármol dentro de ella. Mauricio siempre ha vivido allí, desde que recuerda, su casa ha sido ésa. Mauricio tiene un carro con cuatro ruedas con el que recoge chatarra que luego vende. Mauricio va todos los días al lago a bañarse. Allí lo espera Desi, la joven de dieciocho años de mirada torrefacta y orgasmo de semicorchea. Mauricio la fornica siempre cerca de la orilla al compás del sonido del pájaro carpintero y el silbido de la resina que suelta la hierba. Desi es la hija del alcalde del pueblo, una niña mimada a la que gusta el analfabetismo bruto de Mauricio.
Ella le coge el miembro caleidoscópico y lo endurece con su saliva de natilla. Mauricio se deja hacer con su ignorancia de gruta y su idioma dialectal. Nunca hablan ni gimen, son silenciosos como los testigos de las bodas. A Desi le gusta que Mauricio la masturbe con las zarzas en forma de racimo que Mauricio ha preparado previamente. Su clítoris sangra en chorro de cascada que luego Mauricio bebe con júbilo y ansia. Hay veces que la hemorragia hace que Mauricio se atragante y escupa borbotones de sangre tibia sobre el agua estancada del lago.
Cuando llega la hora de penetrarla Mauricio la tumba al sol, y ahí sobre la tierra baldía color ceniza Mauricio empieza a deshonrar a la joven con su falo de hombre de las cavernas y su aliento de alcaparra. Desi tiene un tirabuzón en el pelo donde a Mauricio le gusta enredar sus dedos mientras joden. Es un tirabuzón largo, que le llega al pecho, un tirabuzón de niña bien que a Mauricio lo pone cachondo por su cursilería.
La cosa es rápida, no les gusta prolongarlo mucho, les cansa tanto ajetreo. Después se meten desnudos en el lago y nadan despacio, estirando los músculos agarrotados por la guarrada.

martes, 17 de marzo de 2009

¿Por qué un diario?

Acabo de llegar a casa; son las “seis” de la mañana. Está bien, lo siento, me gusta escribir los números con letras, aborreciendo de esta manera cualquier cosa que no tenga que ver con la palabra escrita. Me imagino que tiene que ser algún trauma pitagórico o trigonométrico, alguna reminiscencia fatídica de cálculos mentales con incógnitas y ecuaciones que jamás he llevado a la práctica. Sí, ya sé que para lanzar un cohete espacial hace falta muchas cuentas con decimales y mucha precisión matemática, pero por desgracia no soy ningún millonario que pueda permitirse un viaje espacial y experimentar unas pocas horas de gravedad. La única gravedad que podré tener en esta vida es la que ahora poseo, o sea, mi cabeza girando como un tiovivo por la acumulación de copas de baja calidad. Pero os digo que no tengo nada que envidiar a ningún ejecutivo financiero surcando la vía láctea y llevando un traje ridículo mientras lo filman para la posteridad. Me quedo con mi borrachera.

No puedo dormir, he intentado conciliar el sueño, pero me ha sido imposible. Mi cama ahora es una arista poliédrica y segregada. No sé qué es esto, pero me suena tan extraño y ajeno que creo que esta metáfora puede reflejar bien lo rara que me resulta en estos momentos mi nombrada cama como para ponerme a dormir en ella. Así que aquí me tenéis inventando metáforas de poeta de segunda fila y de hombre vallado. Quizás algún día venga algún crítico literario y diga que la arista poliédrica y segregada era un fiel reflejo de mi frustración interior, y que es un verso dodecasílabo totalmente acorde con el ritmo de la narración, y que se ve claramente la influencia surrealista de Poeta en Nueva York de Lorca, y que marcó un hito en toda la literatura posterior europea, y que bla bla bla; no le hagáis caso, serían gilipolleces, no significa absolutamente nada, bien podría haber dicho que mi cama es un titiritero que va de pueblo en pueblo. No me toméis en cuenta este tono arrogante, como si en un futuro mi obra fuera a tener alguna trascendencia en los manuales de literatura para colegiales o alguien se fuese a sentir atraído como para hacer un estudio literario de ésta. No me creáis tan ingenuo, simplemente me río de mí mismo e ironizo sobre mi falta de talento literario y sobre mi falta de dominio sobre la lengua cervantina.

Me doy cuenta de que esto es un diario de atascos, de idas y venidas, de lectura de despensa, de poesía bajo llave, de pena enarbolada, y de proyectos de gamuza, como los zapatos azules de Elvis. Es un diario dormido, castrado por las musas, que se disculpa a cada paso por su incapacidad creadora. Está tan descompensado entre lo que desea y lo que consigue, que más me valdría acabar con él ahora y reservar mi escritura sólo para las tarjetas de Navidad. Pero esto ya es una pataleta de niño malo que se empeña en llevar la contraria, y un capricho de seminarista sin vocación que se atolondra al ver un escote de mujer a través del confesionario. Por eso voy a continuar con él, porque no creo en la perfección, ni en el buen hacer, ni en los relojes, ni en los papeles de regalo, ni en los paraguas, ni en los carros de la compra, ni en el sacudir la sábana por el balcón, ni en la vecina del quinto, ni en el gas natural, ni en la dieta del melocotón, ni en las notas a pie de página, ni en el Euribor, ni en las prórrogas de los partidos, ni en el volante del médico, ni en las novelas en tercera persona, ni en Poncio Pilatos, ni en las valijas que pasan por el Estrecho de Gibraltar. En lo único que creo es en la crisis de la conciencia burguesa de principios del siglo XX y en la división del signo lingüístico en significante y significado, según Saussure.

En resumen, otra noche más. Así me acuesto, harto del protocolo de amante nocturno y cansado de la protección inmoral de sentimientos. En realidad, siempre estoy rumiando por un ápice de cariño, y consternado ante la acumulación de conquistas sin sangre y de amor en zig-zag. Estoy rellenando su ausencia, en definitiva.

lunes, 12 de enero de 2009

La comba

Suena el móvil/despertador; son las siete menos cinco. Lo apago y me quedo cinco minutos en la cama preguntándome por qué coño no tengo un despertador normal que pueda revolear contra el armario y hacerlo añicos. Si mi móvil surca los aires y se estrella con mi ropero (que no es precisamente de caoba), seguramente expire y me quede incomunicado en esta urbe de cuotas de mercado y ondas celulares. Me quedaría sin cámara fotográfica, sin agenda, sin acceso a Internet, sin reproductor de video, sin reproductor de mp3, e incluso sin GPS. Horror vacui en esta era de politonos de U2 y de Manu Tenorio. Así que, el jodido progreso me hace despertar con radiaciones electromagnéticas que quizás me coman neuronas y me dejen impotente algún día, y no con un puto reloj de cuco como se despertaría mi abuelo.

En fin, me levanto, y directamente, sin ni siquiera evacuar, me cambio de ropa y empiezo a saltar la comba. Hago este ejercicio desde hace años, es como una disciplina espartana, un entrenamiento retro y barato, un rigor trepidante que adquiere un aura literaria para mí. Hay algunas descripciones detalladas de esta práctica en antiguos escritos que vienen de civilizaciones como la fenicia, la egipcia o la china, con lo que el halo enigmático que me aporta se acrecienta con su historia. Me imagino, por ejemplo, a los antiguos fenicios practicando esta locuaz habilidad mientras creaban colonias por todo el Mediterráneo.

Así que, mientras mi vejiga está a punto de reventar por toda la acumulación de líquidos durante la noche, todas mis extremidades se liberan, se convierten en tentáculos que saltan a un ritmo acompasado, los cuales hacen que me olvide, por momentos, de mis miembros de hojalata y de mi torpeza matutina de duermevela. Mis sistemas corporales se revolucionan, mi corazón es un cimarrón erguido, mi espalda una langosta y mis brazos aspas quijotescas. Me siento como un púgil hambriento preparándose para algún combate turbio e ilegal en algún sótano hediondo de la periferia. Fantaseo con un ring empantanado por las goteras filtradas por la lluvia, un contrincante con cara de mazmorra y un árbitro comprado que me lo ponga difícil.
Cuando duermo acompañado, la comba pierde toda su literariedad, deja de tener todo este aire mitológico del que he hablado, de manera que me quedo en la cama echando un polvo matinal, un ejercicio mucho más completo y antiguo, como sabéis.