Suena el móvil/despertador; son las siete menos cinco. Lo apago y me quedo cinco minutos en la cama preguntándome por qué coño no tengo un despertador normal que pueda revolear contra el armario y hacerlo añicos. Si mi móvil surca los aires y se estrella con mi ropero (que no es precisamente de caoba), seguramente expire y me quede incomunicado en esta urbe de cuotas de mercado y ondas celulares. Me quedaría sin cámara fotográfica, sin agenda, sin acceso a Internet, sin reproductor de video, sin reproductor de mp3, e incluso sin GPS. Horror vacui en esta era de politonos de U2 y de Manu Tenorio. Así que, el jodido progreso me hace despertar con radiaciones electromagnéticas que quizás me coman neuronas y me dejen impotente algún día, y no con un puto reloj de cuco como se despertaría mi abuelo.
En fin, me levanto, y directamente, sin ni siquiera evacuar, me cambio de ropa y empiezo a saltar la comba. Hago este ejercicio desde hace años, es como una disciplina espartana, un entrenamiento retro y barato, un rigor trepidante que adquiere un aura literaria para mí. Hay algunas descripciones detalladas de esta práctica en antiguos escritos que vienen de civilizaciones como la fenicia, la egipcia o la china, con lo que el halo enigmático que me aporta se acrecienta con su historia. Me imagino, por ejemplo, a los antiguos fenicios practicando esta locuaz habilidad mientras creaban colonias por todo el Mediterráneo.
Así que, mientras mi vejiga está a punto de reventar por toda la acumulación de líquidos durante la noche, todas mis extremidades se liberan, se convierten en tentáculos que saltan a un ritmo acompasado, los cuales hacen que me olvide, por momentos, de mis miembros de hojalata y de mi torpeza matutina de duermevela. Mis sistemas corporales se revolucionan, mi corazón es un cimarrón erguido, mi espalda una langosta y mis brazos aspas quijotescas. Me siento como un púgil hambriento preparándose para algún combate turbio e ilegal en algún sótano hediondo de la periferia. Fantaseo con un ring empantanado por las goteras filtradas por la lluvia, un contrincante con cara de mazmorra y un árbitro comprado que me lo ponga difícil.
En fin, me levanto, y directamente, sin ni siquiera evacuar, me cambio de ropa y empiezo a saltar la comba. Hago este ejercicio desde hace años, es como una disciplina espartana, un entrenamiento retro y barato, un rigor trepidante que adquiere un aura literaria para mí. Hay algunas descripciones detalladas de esta práctica en antiguos escritos que vienen de civilizaciones como la fenicia, la egipcia o la china, con lo que el halo enigmático que me aporta se acrecienta con su historia. Me imagino, por ejemplo, a los antiguos fenicios practicando esta locuaz habilidad mientras creaban colonias por todo el Mediterráneo.
Así que, mientras mi vejiga está a punto de reventar por toda la acumulación de líquidos durante la noche, todas mis extremidades se liberan, se convierten en tentáculos que saltan a un ritmo acompasado, los cuales hacen que me olvide, por momentos, de mis miembros de hojalata y de mi torpeza matutina de duermevela. Mis sistemas corporales se revolucionan, mi corazón es un cimarrón erguido, mi espalda una langosta y mis brazos aspas quijotescas. Me siento como un púgil hambriento preparándose para algún combate turbio e ilegal en algún sótano hediondo de la periferia. Fantaseo con un ring empantanado por las goteras filtradas por la lluvia, un contrincante con cara de mazmorra y un árbitro comprado que me lo ponga difícil.
Cuando duermo acompañado, la comba pierde toda su literariedad, deja de tener todo este aire mitológico del que he hablado, de manera que me quedo en la cama echando un polvo matinal, un ejercicio mucho más completo y antiguo, como sabéis.
